viernes 19 de agosto de 2011
Camioneros
jueves 11 de agosto de 2011
Once años
Recuerdo ahora aquel filme de Ken Loach (Raining Stones). Un hombre robaba un cordero para comer y en ese momento le robaban su camioneta, vieja. Desocupado, en un barrio de Liverpool de fines de los 90, intentaba comprarle un vestido a su hija (quizás de once años), para que tomara la comunión. Aquel desgarrador relato no fue visto por tanta gente. Muchos prefirieron mirar para otro lado. (“Podemos seguir ajustando”, pensaban). Pero un día la niña se hartó que mearan sobre ella. Y salió a romper vidrieras. Y los vidrios estallaron en mil pedazos.
Los culpables de los incidentes siguen en el avión. Especulando. Algunos se han ido hacia el fondo. Tienen miedo que las mayorías acaben dándose cuenta de todo y sean arrojados al vacío.
sábado 30 de octubre de 2010
Estacion San Martin
lunes 2 de noviembre de 2009
Lugar Comun
Hay quizás algunos lugares comunes. Los hospitales, por ejemplo. O las clínicas privadas, del otro lado. Pero poco a poco hemos ido perdiendo esa capacidad de encontrarnos con las diferencias del otro. Y somos por ahí incapaces de ser el otro. De saber que en nuestra alteridad y nuestras diferencias germina la vida.
Y en tren de diferenciar costumbres, accesos e injusticias, debo decir que no me gustan los shoppings (Cuando escribo shopping, el corrector automático lo pone con mayúsculas como si fuera un Dios ¿?) Desde hace años noto que esos lugares me ponen del peor humor, aunque tenga la suerte de poder lograr la ansiada paz del segundo post consumo. Esos pensamientos me llevaron a concluir en que, si un día decidiera dejar anticipadamente esta vida, me encerraría unas cuantas horas en un gran centro comercial. Eso me llevaría inexorablemente al suicidio.
También me ponen de mal humor los supermercados. Aunque si hay que elegir prefiero los chinos. Por dos razones: el vino casi siempre es más barato y la diversidad de recién llegados me hace pensar que ahí, dentro de esos lugares, se está gestando el argentino del mañana. Paraguayos hablando guaraní, pero a los gritos, porque imitan a sus patrones chinos. Gritan los paraguayos, tantas veces sometidos por los malos olores de argentinos y brasileños. Gritan y me da risa. Por eso muchas veces voy. Y voy porque sueño con que la chica boliviana de la verdulería un día grite de alegría, aunque siga hablando bajita y soportando a las señoras copetudas que se quejan por una manzana machucada. Me da la sensación de asistir a escenas del Adan Buenosaires versión 2009
Y otras veces, como hoy, domingo en que no había nada en la heladera, decido bancarme (el corrector sugiere mancarme) un rato las colas de un super más grande para abultar las ganancias del señor Carlitos Carrefour que nos garca indirectamente la vida a todos. (Carrefour y Wal Mart, juntos, facturan en el mundo más que el PBI de la Argentina).
Entonces compro algo de carne, un poco de vino, que está en oferta (mentirosa), algunas latas y no mucho más. Son casi las nueve de la noche y en cada caja hay por lo menos siete personas esperando. (Automáticamente sacamos la billetera para pagar). Pienso en los porqués del automatismo, meto las manos en el bolsillo y me pongo detrás de un señor cincuentón con dos o tres cositas. Adelante hay una señora con un canasto un poco más lleno, pero en general, los siete canastos no tienen demasiadas cosas, con lo que calculo que en diez minutos estaré fuera.
La señora es rubia, tiene cerca de sesenta. Y mira hacia atrás como nerviosa. Está junto a una nena de unos ocho o diez. Espera. Pero su espera es distinta. Vuelve a mirar para atrás. Peinado de peluquería, pero con el pelo atado, para disimular los estragos de la humedad en su pelo de cortes semanales.
Vuelve a mirar mientras la fila avanza, rápido. Sólo le queda una sola persona adelante. Y a mí cuatro. Todos avanzamos. La señora vuelve a mirar, yo me distraigo mirando hacia otras cajas.
De repente, cuando me doy vuelta aparece una chica de .entre treinta y cuarenta. Su carro está atestado de cosas. Típico chango lleno de fin de semana de supermercadistas compulsivos de ciudad. Y, para mi sorpresa, la se pone delante del señor de los vinos. Y delante de mío.
El señor murmura alguna protesta por lo bajo y decide cambiarse de caja, aunque el cambio lo haga empezar el tedio nuevamente. Ahí está entonces la impunidad de poco más de treinta, vestida de jeans, maquillada y con pelo recién teñido, ostentando su chango lleno. Metiéndose delante de mis ganas de salir corriendo. Mis ganas de golpearle poco amablemente el orto de una patada.
Pero, -aprendiendo de Gastón Pauls- soy un ser urbano y decido decirle, entre otras cosas que ella debería hacer la cola, que todos estábamos esperando y que su lugar no le corresponde.
Con giros y modos inconfundibles pertenecientes al más selecto Belgrano (Pobre Belgrano, que lo recuerden poniéndole su apellido al lugar donde vive mucha gente que él hubiera detestado. La misma que lo condenó al ostracismo y la pobreza), me dispara: -Vos no vas a venir a joderme un domingo, así que si querés pasar pasá. Pero fijate que mi mamá estuvo haciendo la cola. Acaso nunca te hicieron una cola en un banco.
Contesto con un no, lacónico. No me parece oportuno explicarle que en los únicos momentos que suelo hacer cola en un banco es para buscar monedas.
- Igual, no estarás tan limpito, me dice.
Conservo mi tranquilidad y le digo que ni lo que hace ni lo que dice me parece un buen ejemplo para su hija. Y que si así resolvemos estas cosas es imposible solucionar los problemas que tenemos en el país.
Sacada me contesta:
- ¡Sabés que pasa, que seguro vos sos de los que votaron a los Kirchner, esto es culpa de todos ustedes!, dice señalando otra vez alrededor.
Me parece que no tiene más caso prolongar mi discusión. Me guardo la ira en un costadito del silencio y me quedo observándola fijamente.
Murmura: -“porque, para vino tienen. Para eso seguro que tienen. Y también para porros.”
- Me parece que estás equivocada –le digo-. Mi tiempo vale tanto a más que el tuyo…
- Vos, andá a fumar, me dice.
Su cuenta suma 403 pesos.
- Por esta semana no me pidan nada más, les dice a su madre y a su hija.
Y se va, llevándose su chango lleno. Yo me quedo triste. Lleno de bronca. Incrédulo. Pensando que no tenemos remedio. Que estaremos condenados por siempre. No tengo esperanzas. Es domingo a la noche.
- Te admiro la entereza, me consuela una señora.
Cuando salgo, están aún abuela y la nieta en la calle. Sigo enojado. Decido felicitar a la señora, por el ejemplo que acaban de darle a su nieta.
- Vos andá, fumá, drogadicto, me dice.
Me voy en silencio. Pienso que debería afeitarme o vestirme mejor. Me da bronca la mentira, la agresión gratuita. Después me prometo no ir más a un supermercado. Lugar común. No apto para alteridades.
lunes 5 de octubre de 2009
Silencio, en domingo
Hace algún tiempo. Quizás un año. Escuché dos veces, en el mismo recital, un tema. Era el primer ND de Bruno Arias. Estaba nervioso, Bruno. Vino a traerme las entradas a casa. “Pasaré, por Hualfín, me voy a Corral Quemao…” Su voz encendió la noche. La señora, cumplió la promesa. Y subió al escenario con él. Y cantó. Fue un aplauso largo. De esos de los bises, pero en el cuarto tema. O quinto, quizás. Pero todos aplaudimos. Mucho. Como si quisiéramos devolverle algo de lo tanto recibido. No esa noche. Sino tantas. Tantas. “Gracias, Mercedes”, gritó Bruno. La señora quizás lo escuchó desde la calle. Nosotros seguimos aplaudiendo aquella aparición fugaz y emocionante.
Domingo. Temprano. Los diarios dicen que los rezos no alcanzaron. Cómo se resquebrajan los 80 en este 2009, pienso. Pronto ya nadie recordará que un día fuimos jóvenes y que tuvimos una ingenua felicidad.
Quizás se fue de serenata y un día regrese, pero hasta tanto vuelva, el adolescente que fui se quedó sin maestra. Se quedó sin esa persona que le decía en cada disco que había otras voces. Otras miradas. Otros sufrimientos. Es que ella tenía la capacidad de enseñarnos, a la distancia. De unir un poco este país tan lejano. Estos tantos países. Y ponerlos todos en su voz.
Recuerdo que un día el gran Ricardo Jungghans me contó que estuvo en aquel Opera del 82. Y que recibió los palos. Ricardo ya no trabaja en el Canal 13 que la recuerda todo el domingo. Me habló de esos palos de la cana casi como una bendición. Parecía verse la luz al final del túnel. La señora había regresado con su luz y su voz. La luz era la democracia. La misma democracia a la que aspiró Ricardo años después y fue corrido a patadas de su lugar de trabajo. La luz de su voz nos inculcaba colectivamente un deseo de justicia de centurias.
Fue esa luz y esa voz la que me hizo conocer el rock. Porque, no se si les conté, que tierra adentro, a principio de los 80, no escuchábamos rock. A mí, que conocí en el ochenta y pico en un TDK grabado, en su voz me llegaron Charly y Spinetta. Y Gieco. Y Silvio. Y Heredia. Y Víctor. Y Piero. Gracias.
Y mientras vuelvo de aquellos 17 recuerdo que, por ella, tengo un disco inmenso de Chito Zeballos, que encontré un día en un rincón de la calle Corrientes. Pero también, sin saberlo, por ella conocí al Cuchi Leguizamón, a Jaime Dávalos, Hamlet Lima Quintana. Y a Tejada Gómez. Gracias. La Distancia.
Siempre pensé que cuando muere alguien que nos conoce nosotros morimos un poco. El que se va se lleva, para siempre, recuerdos y miradas únicas de lo que somos. Me pregunto qué se lleva ese alguien que, desde su lugar y, casi sin quererlo, nos acompañó en tantos momentos. Nada se lleva. Simplemente nos deja. Nos deja. Aunque su voz siga iluminando mañanas. Y nosotros nos quedamos con su recuerdo. Pero con algo más importante: la necesidad de cargar sus sueños. Sólo espero de ser digno de llevar un pedacito.
Amo esa Chile que ella cantó. Y también el Brasil. Amo la Venezuela de su voz. Y la Nicaragua. Y el asfalto. Y la tierra. Y la selva y el mar. Y donde termina el asfalto, Pablo. Luna llena. Casi tucumana, la despidió.
Aquella noche, del recital en el ND, hubo otra versión de la Zamba de los Mineros. Bruno no anunció que subía Franco Luciani. No hizo falta. La armónica sonó. Y todos dolimos la noche eterna de las minas. Todos nos sangramos en el vino de la letra de Dávalos. La señora no pudo escuchar la versión. Seguramente ya descansaba en su cama. Su salud ya no le permitía moverse demasiado. No importó. A la distancia, su manta imaginaria cubría a todos esos músicos nuevitos, que apenas pasan los 20 o los 30. Y nos cubrió a nosotros volviendo a escuchar. Es que, además de su talento, podía percibirse en cada uno de sus gestos, la generosidad. Como la que tuvo conmigo, de enseñarme a distancia. De mostrarme este país, en su voz eterna. Inigualable. Aplaudo. Me duelen las manos. Se me anuda la garganta. Silencio, en domingo.
domingo 14 de junio de 2009
Es el momento de cargar sus sueños
Habían pasado, según las poquitas crónicas, unas 38 canciones (no temas). Y a esa altura importaba poco que no hubiesen cantado el Gavilán Colorao o Contrabandista e Frontera. Lo esencial era haberme podido reencontrar en esas casi tres horas con parte de mi identidad musical. Y que ese recuerdo que sólo creía vivo en los discos y en algunas guitarreadas había estado ahí, en primera persona, sobre el escenario.
No recuerdo cuando fue que escuché por primera vez a Los Olimareños. Como no recuerdo la primera vez que dije mamá o di mi primer paso. Sólo sé que fueron parte de esa patria primera de las calles de tierra y las orejas llenas de sabañones aunque en mis viejos no los registraran.
Después, en esa adolescencia de país profundo, cuando la primavera de los 80, Los Oli eran venían en canciones a las guitarreadas y en las peñas, en las voces del Miguel y el Colorado o en la de Danilo, mezcladas con Pedro y Pablo, Piero, Silvio Rodríguez..
No sabía por entonces quién era Pepe Guerra y menos Braulio López. Pero soñaba. Había que rebelarse, ahora que se podía hablar de libertad. Y Los Olimareños encarnaban esa inocente que mi adolescente tenía. Ellos mi canción. Y la de muchos. Aunque no comprendiéramos que la muerte encallada más allá de las tumbas NN nos envenenaría la sangre con un miedo superfluo de eternos adolescentes.
Muchas veces, cantando la Milonga del Fusilado, pensé que Braulio López había muerto en los 70 y que por eso el dúo se había separado. Pero no. Ese viernes el hombre había cantado para mí con su voz y sus bordoneos inconfundibles. Juro que por un momento vi a Tito emocionarse a mi lado mientras Pepe recitaba. Entonces pensé en los ausentes. En los vivos y en los muertos. En los que dieron ls vida por el sueño hecho canción y en los que conservaron las canciones como una resistencia puertas adentro.
Pensé que entonces que estaba ahí no para ser testigo de un hecho artístico. Y comercial, por cierto. Sino como un eslabón de la historia que se unía a través de las canciones. Y hubo miles el viernes como yo. Eslabones hacia los sueños de los ausentes. Sueños que permanecen, agazapados, ocultos esperando, como el maíz que un sol de setiembre los caliente para comenzar a germinar.
Esos dos señores con sus guitarras y sus arrugas habían cantado esas canciones que aún aglutinan en la memoria colectiva de esta parte del mundo un pedazo de sueños. Unas canciones que resisten. Simplemente resisten. Resisten desde lo poético y desde lo musical. Quizás porque hablan del hombre. Porque denuncian que hay hombres con hambre de sueños. Porque encienden un fueguito en esta oscuridad catódica.
Hasta siempre, cantamos todos. El hombre de pelo y barba blanca lloraba agarrado a su bastón, buscando quién sabe qué retinas ausentes y jóvenes. La presencia estaba en las fotos del escenario, como si la metáfora de lo posible hubiese sido sólo en blanco y negro.
Pensaba en esos rostros del Che, en los rostros de Sendic y los Cañeros en Montevideo, mientras miraba al hombre bajar un escalón más. Respiraba con dificultad. La noche de la despendida Los Olimareños en el Luna Park había tocado a su fin. El hombre podría dormir tranquilo, ahora.
Entonces pensé en mí. Pensé en nosotros. En los que pasamos de 30. Los que estamos más cerca de los cuarenta. En los que padecemos el letargo de cierta comodidad incómoda y llevadera. Pensé que nosotros éramos los encargados de comenzar a llevar los sueños que las espaldas del hombre de la barba blanca ya no soportan. Y los poetas a crear canciones que sostengan sueños nuevos. Alguien debía bajar las escaleras hacia el barro. Me prometí comenzar a hacerlo. Aún ahora que lo escribo no sé cómo. Pero en aquel momento me prometí hacerlo.
El hombre con los sueños canosos estaba aún lejos de la planta baja cuando lo perdí de vista. Buenos Aires era como siempre Buenos Aires cuando llegamos a la vereda. Le agarré la mano a Jime, después de unas cuadras. Caminamos. Sabía que tenía que empezar. Bajito, tarareaba Pobre Joaquín. Voy a empezar.
jueves 8 de enero de 2009
Estúpido, quiero estar viva.
Son más de 10 millones de niños los que mueren cada año en el mundo sin llegar a los cinco años. En la Argentina mueren de hambre, de desnutrición, de olvido.
Pienso en cómo nos conmueve el llanto de un nene cualquiera. Sin embargo no escuchamos el llanto de los 20 nenes que mueren en el silencio del olvido por minuto. Una crónica dice: “En el tercer día de ataques el panorama en Gaza es cada vez más desolador. Niños que han quedado huérfanos lloran abandonados, los muertos regados en las calles se cuentan por cientos, mientras la población desesperada vive en angustia porque los ataques no cesan y no saben en qué momento serán blanco de una explosión”.
Me siento estúpido escribiendo, sentado, cómodo, en mi casa. Casi tan estúpido como los que lanzan las bombas de odio, para que unos pocos se queden con más y más ganancias. Me siento estúpido, otra vez. Como cuando era niño no entiendo la guerra. Pero a diferencia de entonces no encuentro dios al que rezarle. Estúpido me parece también ese dios.
miércoles 7 de enero de 2009
Y si pagamos con una concha
Es evidente que la falta de monedas no es un problema para los que especulan en la bolsa o ganan millones de dólares con las prebendas gubernamentales. Sí lo es para los que realmente vamos a sufrir la crisis global originada en la supuesta falta de confianza de quienes manejan las finanzas internacionales. Entonces, ante la imposibilidad de conseguir un medio de pago: bienvenida sea la concha de un collar.
El uso de conchas de mar tuvo realmente su espacio como medio de pago a lo largo de la historia de muchos pueblos de Asia y África. Un ejemplo son los cauris, moluscos que sólo pueden encontrarse en las islas Maldivas. Y fue ahí donde se las comenzó a usar como medio de pago. El Sultán, jefe supremo de las islas de arena blanca, poseía entonces el monopolio de las conchas. Y con ellas redistribuía el arroz, los tejidos, la sal y otros elementos de primera necesidad a la población. Quizás la señora Kristina pudiera conseguir en algún libro de historia económica de las lejanas islas alguna pista acerca de cómo realizar su tan mentada redistribución.
Cypraea moneta, es el nombre científico del cauri. Si analizamos el nombre caemos en la cuenta de que hasta quienes ostentaron el monopolio de nombrar científicamente las especies naturales estaban a favor de un estado de cosas. Simplemente las bautizaron monedas. Como si la concha tuviera propiedades intrínsecamente monetarias. (Para no confundir los tantos aconsejo no leer esta frase con otros sentidos. Gracias). También, y buscándole la decimotercera pata al gato, podríamos decir que bien pudieron bautizarla Cipaya Moneta. Y entonces su uso se hubiese extendido también por toda Latinoamérica.
Claro que ya entre los siglos XVI y XIX, fueron muchos los de las clases dirigentes de Europa y América que se beneficiaron con el uso de la Cypraea moneta. Es que, con el tiempo el uso se extendió. Y los barcos piratas y traficantes de esclavos la usaban como lastre de los barcos y como medio de pago de los esclavos. Es decir, las personas de aquella parte del planeta valían algunas Cypraeas monetas. Espejitos de colores en una costa, conchas en otras.
El cauri era el medio de pago de los pobres de Africa. Pero para que esto pudiese suceder era necesaria una creencia que sostuviese la situación en el tiempo. Entonces se creía que estas pequeñas conchas estaban dotadas de poderes mágicos. Todavía hoy se piensa que favorecen la fertilidad y la longevidad. Las mujeres llevan coronas de cauris el día de su matrimonio como antídoto contra la esterilidad. Y hasta se colocaban en las tumbas como objetos que permitían la resurrección de las almas.
Del fetichismo del dinero y la mercancía ya habló largamente don Carlos Marx, personaje otrora denostado y ahora leído hasta por neoliberales. Es que, ante la supuesta tamaña crisis internacional, se hace necesario releer a quién mejor describió algunas de las características principales del capitalismo. El fetichismo de los cauris producía en los pueblos africanos de los siglos pasados creencias similares a las que tienen nuestras sociedades actuales respecto del papel moneda o del dinero electrónico. Creemos que podemos comprarlo todo. Hasta un gran freezer que nos haga permanecer intactos hasta el día en que encontremos un antídoto contra la muerte.
Pero en ese dinero va la muerte. Y la vida. Porque creemos. Y entonces cuando los santos patronos del capitalismo nos alivian con noticias de que salvarán con miles de millones de dólares a bancos, automotrices y compañías financieras, no sabemos por qué pero respiramos como aliviados. Y esos millones son simplemente papel con sellos de agua. Quizás de la misma agua de la que se alimentaban los cauris.
Todo pasa por creer. Y mientras millones crean no habrá problemas mayores para que los santos patronos de Wall Street se sigan perpetuando en su espacios inoloros, incoloros e insípidos a través de la sagrada ceremonia de la elección de los gobernantes.
Con la crisis internacional, conocimos los listados de los paraísos fiscales, que según los discursos serán atacados para que no se produzcan más fallas en el sistema capitalista. Y en ese listado aparecen las Islas Maldivas, allí donde tienen su origen los cauris. Esas mismas islas que la semana pasada fueron ponderadas, no por sus playas, sino por lo fácil que resulta pagar impuestos. Todo debe ser a causa de los cauris. Y hasta estoy seguro que Raúl Moneta tiene varias cuentas de Cypraea moneta en algún banco de por allá.
Pero aquí abajo, abajo, estamos los que no conseguimos monedas para pagar el bondi. Los que ni siquiera tienen una moneda para comprar un cacho de pan. Los mendigos que vieron menguadas sus pequeñas entradas porque la moneda en sí ya vale mucho más que su valor de cambio. Los chicos que se mueren de hambre y de sed porque a los santos patronos del capitalismo ni siquiera les avisaron que existen. Entonces nos subimos al colectivo de nuestra historia. Y el fercho nos dice que la máquina no tiene papel ¿Papel para qué?, me pregunto. Nos sentamos en un asiento derruido, disfrutando del calor de enero. Y pensando si realmente las conchas no nos harían más fácil la vida...
viernes 18 de enero de 2008
Apenas siento
Lo cierto es que la orilla del río se lleva los recuerdos del mañana. Como sueños hojas secas, que parten arriando hacia ningún lugar imágenes muertas. La quietud del río hace como si nada pasara. Solo algunos rayos de sol anuncian el tiempo, quebrándose en ángulos diversos sobre el agua marrón. Quieta. Me pregunto entonces cómo será morir en otras orillas, adonde la sangre no corre y el frío hiela las venas, justo cuando enero parece traerle nuevas fuerzas a los árboles, a los que oigo fabricar lentamente la madera que otros, sin caer en la cuenta del río y sus orillas, vendrán a cortar. Porque sí. Porque nada parece tener justificación en esta tierra. Solo la vida misma que va, muy por afuera de mí, que apenas siento moverme.
miércoles 31 de octubre de 2007
Camion regador
Por entonces yo soñaba con jugar al fútbol. Jugaba solo con la pelota, mientras soñaba. Y relataba. En mi equipo jugaba con Kempes, con Bertoni, con Ardiles y con Maradona. Todos juntos. Por entonces había que esperar el domingo, para escuchar los relatos de Muñoz en la radio. La siesta y la radio que traían el fútbol y alegría de lejos. En Udaondo y Figueroa Alcorta jugaba el River de Labruna, que salía de memoria: Fillol, Saporiti, Pavón, Passarella y Héctor López... Escuchando siempre me preguntaba cómo sería la Casa Amarilla de al ladito de la Bombonera. O si la cancha de Central estaba realmente junto a un Arroyito. O por qué le dirían Calamar a Plantense. Un mundo de sueños de radio pegada a la oreja. Y esperar hasta el jueves para buscar El Gráfico a lo de Pepe Sastre o lo de Escuredo.
Claro que jugar al fútbol era otra cosa: cuatro ladrillos en el medio de la calle de tierra y sentir que uno siempre era el último al que elegían, entendiendo crudamente la realidad, casi sin remedio. O la resignación de ver los partidos al otro lado de la línea de cal cuando con Sportivo o con Agrario íbamos de viaje en el Mercedes naranja de Álvarez, quizás a Realicó, a Huinca y hasta lugares que parecían tan lejanos como Jovita o Del Campillo.
Digo que las tardes eran cuatro ladrillos en medio de la arena. Y el partido que se terminaba con un -“ a tomar la leche”-. Y el gordito que se llevaba la pelota bajo el brazo. Pero también el partido se interrumpía cuando pasaba el regador.
Todavía recuerdo ese olor a tierra mojada y el hombre pasando con el camión, lento, por el medio de los arcos, regando tanta arena, deseosa de que el cielo soltara alguna gota.
Otras veces la interrupción era más larga. Es que muchos se lanzaban a la aventura de cortar el chorro de agua que florecía del tanque. Tampoco tuve la habilidad para eso, que se convertía en una pequeña venganza, contra aquel que cortaba el juego.
Siempre guardo ese recuerdo del camión pasando impávido, como navegando, y nuestras caras de resignación e impaciencia. Y el pícaro que no esperaba que pasé y se llevaba la pelota por el otro lado del camión derechito al gol. Y por supuesto Julio Musse, mirando la escena por el espejo.
Lo imagino con una sonrisa cómplice. Mirándonos correr cómo el nunca pudo, detrás de sus anteojos de “hombre grande”. Pegando sus ojos en nosotros, como los hijos o los nietos que a su casa nunca llegaron.
Un día no sé si fue la infancia o el camión amarillo el que dejó de pasar. Y Julio dejó su lugar a otros, que continuaron regando la arena, en esa lucha desigual contra el tiempo y los caprichos del clima.
Era extraño verlo caminando a Julio. Él y el camión regador eran la misma cosa. Eran los que cortaban el partido, los que dejaban paso a la aventura de cortar el chorro. Ahora caminaba con las marcas de la polio, arrastrando su pierna por la misma arena. Saludando alegre, con no más de dos palabras.
Se fue un día. Seguramente se llevó en sus retinas el disfrute de los niños que crecimos corriendo tras la flor de agua que rociaba con su paso. Ahora creo que él, en ese momento, corría con nosotros. Y hasta se jugaba un ratito, aunque sea al arco, en el partido que en su infancia jamás pudo jugar..
Hoy, cuando siento que ya no seré futbolista, ni astronauta, ni tampoco carpintero, creo que todos un día volveremos niños a jugar a las calles del pueblo. Por eso, si lo veo a Julio, le dejo mi lugar, para que juegue de pesquero. Y sino me quedo esperando, por ahí el camión da vuelta en la esquina y pasa lento, como regando mis sueños.
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