Fue en diciembre de 1977. Jorge Rafael Videla apareció en los televisores en blanco y negro para dar una definición que con los años se transformaría en una de las más tristes contribuciones de los argentinos al diccionario de la Real Academia: “Le diré que frente al desaparecido en tanto esté como tal, es una incógnita. Mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial, porque no tiene entidad, no está muerto ni vivo”.
Si bien, siguiendo la doctrina emanada de la tristemente célebre Escuela de las Américas en Panamá, fueron miles los desaparecidos al sur del río Grande, en toda Latinoamérica, desde fines de los años 60, fue el dictador argentino quien se animó a definir fríamente el sumum de la muerte y el terror. Una palabra destinada a destruir física social y moralmente a toda aquella persona que significara alteridad alguna. Desaparecido. Y miles los que murieron bajo esa condición, tras soportar detenciones clandestinas, torturas, simulacros de fusilamiento y la denigración total hasta convertirse en no personas.
Faltaban tres días para la primavera de 2006 y es imposible saber si Julio Jorge López era o no un hombre feliz esa mañana del 18 de setiembre en la que desapareció. No pudo escuchar la sentencia contra Miguel Etchecolatz, mano derecha del siniestro jefe de la Policía Bonaerense Ramón Camps.
Los jueces consideraron a Etchecolatz culpable de genocidio, un delito de lessa humanidad que siguiendo la jurisprudencia internacional no prescribe. Era el primer represor condenado tras la anulación de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final. El testimonio de López había sido crucial para la condena. “Etchacolatz no puede pasar ni un día fuera de la cárcel”, dijeron los jueces en los fundamentos del fallo que lo condenaba a prisión perpetua.
Una semana más tarde, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, rodeado de periodistas, que transmitían en directo, incluso para los televisores de plasma ubicados en los despachos de la Casa Rosada dijo, refiriéndose a Jorge Julio López: “Es el primer desaparecido de la democracia... Mientras no aparezca es el primer desaparecido de la democracia”.
¿Por qué utilizó Felipe Solá esas frases entrecortadas ante los periodistas? Videla, al hablar sobre los desaparecidos sabía perfectamente el destino de miles de argentinos y su doctrina apuntaba a sembrar más terror, amedrentar opositores y críticos del más sanguinario régimen de la historia del país, además de disipar responsabilidades a futuro ¿Fue el de Solá un acto fallido o sus palabras eran el resultado de la información que manejaba? Si Jorge Julio López fue el primer desaparecido en democracia, bien podría preguntarse por qué ningún organismo de derechos humanos presentó ante la Justicia un Habeas Hábeas. Solá es el jefe del Ejecutivo del Estado más importante de la República. Esas frases, vertidas en calidad de tal, connotaban una responsabilidad directa del Estado argentino en la desaparición de uno de sus ciudadanos. Ese fue uno de los fundamentos de las condenas a las Juntas en 1985.
Los obreros
Si bien, siguiendo la doctrina emanada de la tristemente célebre Escuela de las Américas en Panamá, fueron miles los desaparecidos al sur del río Grande, en toda Latinoamérica, desde fines de los años 60, fue el dictador argentino quien se animó a definir fríamente el sumum de la muerte y el terror. Una palabra destinada a destruir física social y moralmente a toda aquella persona que significara alteridad alguna. Desaparecido. Y miles los que murieron bajo esa condición, tras soportar detenciones clandestinas, torturas, simulacros de fusilamiento y la denigración total hasta convertirse en no personas.
Faltaban tres días para la primavera de 2006 y es imposible saber si Julio Jorge López era o no un hombre feliz esa mañana del 18 de setiembre en la que desapareció. No pudo escuchar la sentencia contra Miguel Etchecolatz, mano derecha del siniestro jefe de la Policía Bonaerense Ramón Camps.
Los jueces consideraron a Etchecolatz culpable de genocidio, un delito de lessa humanidad que siguiendo la jurisprudencia internacional no prescribe. Era el primer represor condenado tras la anulación de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final. El testimonio de López había sido crucial para la condena. “Etchacolatz no puede pasar ni un día fuera de la cárcel”, dijeron los jueces en los fundamentos del fallo que lo condenaba a prisión perpetua.
Una semana más tarde, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, rodeado de periodistas, que transmitían en directo, incluso para los televisores de plasma ubicados en los despachos de la Casa Rosada dijo, refiriéndose a Jorge Julio López: “Es el primer desaparecido de la democracia... Mientras no aparezca es el primer desaparecido de la democracia”.
¿Por qué utilizó Felipe Solá esas frases entrecortadas ante los periodistas? Videla, al hablar sobre los desaparecidos sabía perfectamente el destino de miles de argentinos y su doctrina apuntaba a sembrar más terror, amedrentar opositores y críticos del más sanguinario régimen de la historia del país, además de disipar responsabilidades a futuro ¿Fue el de Solá un acto fallido o sus palabras eran el resultado de la información que manejaba? Si Jorge Julio López fue el primer desaparecido en democracia, bien podría preguntarse por qué ningún organismo de derechos humanos presentó ante la Justicia un Habeas Hábeas. Solá es el jefe del Ejecutivo del Estado más importante de la República. Esas frases, vertidas en calidad de tal, connotaban una responsabilidad directa del Estado argentino en la desaparición de uno de sus ciudadanos. Ese fue uno de los fundamentos de las condenas a las Juntas en 1985.
Los obreros
El 30 por ciento de los desaparecidos durante la última dictadura militar en la Argentina fueron obreros, que trabajaban –como en el caso de Ford Argentina- a punta de pistola de los militares, sin horas extras o algunas de las tantas conquistas obreras conseguidas en los anteriores 50 años de luchas, fabricando los Falcon, que recorrían las calles con más hombres armados en busca de nuevos sospechosos. Julio Jorge López era obrero. Albañil. Igual que Luis Gerez, que desapareció el 28 de diciembre último, en Escobar, provincia de Buenos Aires
Ante la desaparición de Jorge Julio López, el gobernador Felipe Sola ofreció primero 50 mil pesos para quien aportara datos fehacientes sobre su paradero. Tres días después decidió aumentar la recompensa a 200 mil. El 29 de diciembre, el jefe del Ejecutivo de la provincia de Buenos Aires ofreció 400 mil pesos para quien diera información sobre el paradero de Luis Gerez. El testimonio de este albañil tuvo vital importancia para que el Comisario Luis Abelardo Patti se viera impedido de asumir su banca en la Cámara de Diputados de la Nación. Gerez había dijo entonces que Patti lo había torturado durante su detención clandestina en los años 70.
Todo el arco político se alertó por la desaparición de Gerez. El presidente, Néstor Kirchner suspendió su viaje a El Calafate e inició una serie de reuniones que derivaron en su segundo mensaje al país por Cadena Nacional, desde que es presidente. Durante ocho minutos culpó de la desaparición de los obreros a “la mano de obra desocupada, elementos parapoliciales y paramilitares” que “envían a la sociedad una suerte de metamensaje, donde nos quieren hacer sentir como que todos estamos en libertad condicional y con la vida en riesgo"; "envalentonados, tratan de atemorizar a los testigos" de los juicios contra los militares. Pero los juicios van a seguir -dijo el Presidente- después de negar enfáticamente una posible amnistía.
No está claro si Luis Gerez apareció antes o después de que Kirchner iniciara su discurso.. Lo encontraron dos nenas caminando por Garín, en los suburbios del Gran Buenos Aires, dos nenas, dijeron. Tenía, según la fiscal de la causa, indicios en su cuerpo de haber sido secuestrado y torturado. En voz baja, los funcionarios señalaban a Luis Patti, como responsable. Gerez, nunca pudo dar una versión coherente de lo que pasó y en reiteradas oportunidades se negó a hablar con los medios del tema. Los investigadores revelaron días después que los principales sospechosos del secuestro del albañil eran personas ligadas a su entorno más íntimo y que buscaban perjudicar a Luis Patti.
Imagenes de Venezuela
Parecen lejanas las imágenes del 11 de abril de 2002 cuando Hugo Chávez, con la anuencia de los Estados Unidos sufrió un golpe de Estado que lo dejó cuatro días fuera del poder. Miles de venezolanos salieron a las calles y cientos murieron en defensa de la democracia. A pesar de que el gobierno norteamericano reconoció a los insurgentes, afines a sus políticas, como el nuevo gobierno legal de Venezuela, los enfrentamientos y la presión popular permitieron que el bolivariano recuperara el cargo para el que había sido elegido democrática y legítimamente. Chávez, fue reelecto dos veces, desde entonces.
Cuando en noviembre de 2004, la alianza estratégica entre Néstor Kirchner y Chávez se hacía cada vez más evidente, con estridentes apariciones que buscaban efectos mediáticos certeros, una bomba explotó en el auto de Danilo Anderson, fiscal de la justicia venezolana y chavista. Anderson murió. Investigaba los hechos que desencadenaron el golpe de 2002. Con una similar celeridad a la utilizada por Kirchner en el caso Gerez, el gobierno de Chávez acusó a sus adversarios de haber planeado el asesinato. Minutos después del asesinato, casi todo el Gabinete, apareció desde el lugar de los hechos hablando por la televisión oficial.
La Justicia procesó y pidió la detención de la periodista Patricia Poleo y de su padre Rafael Poleo, directivos del diario el Nuevo País y de la revista Z, ambos con una línea editorial oposición a Chávez, por ser “autores intelectuales” del hecho. Más tarde se demostró que las pruebas presentadas durante el proceso judicial eran, por lo menos falsas. Patricia Poleo está exiliada en los Estados Unidos.
Los críticos de Chávez sostienen que el asesinato del fiscal fue provocado por el propio gobierno como parte de sus guerras internas. Horas antes del atentado, la DISIP, el servicio de inteligencia venezolano realizó un operativo en la zona donde explotó la bomba.
Los perjudicados
Cuando Jorge Julio López desapareció, Néstor Kirchner se encontraba en Nueva York. Una semana después, y en un acto en pro de la reelección de Carlos Rovira en Misiones, el presidente habló de Jorge Julio López y cargó contra sectores militares, acusándolos de la desaparición del albañil. Por entonces, Felipe Solá se embarcaba en su propio proyecto reeleccionista. El mismo día de la desaparición de López, el ministro José Pampuro, otrora mano derecha de Eduardo Duhalde y converso kirchnerista faltó a la cita con Solá. En la reunión negociarían una conducción colegiada del justicialismo de la provincia de Buenos Aires.
“"No descartamos que haya policías involucrados y si López fue secuestrado hay que pensar a quiénes perjudicarían", dijo Felipe Solá a una semana de la desaparición de Jorge Julio López. Lanzado hacia su reelección, para utilizarla como trampolín a la presidencia en el 2011, Solá era la figura más fuerte y con un proyecto sólido, capaz de disputar la hegemonía de Néstor Kirchner y su esposa en los próximos años. En las últimas elecciones para gobernador en la provincia de Buenos Aires, sumados los votos de los candidatos Solá y Luis Patti, alcanzan a casi el 65 por ciento del electorado. Y justamente Kirchner inició su pelea en la provincia con la postulación de Crisitina Fernández como senadora, quien derrotó a la esposa del ex presidente Eduardo Duhalde. Tanto Solá como Patti tuvieron estrechas relaciones con quien no hace más de cuatro años decidió que Kirchner fuese presidente.
¿Era a la Policía bonaerense a la que apuntaba Néstor Kirchner en su discurso, y por elevación al responsable del ejecutivo provincial? Rápido de reflejos, Solá firmó dos decretos. El primero creó el Programa de Vigilancia y Atención de Testigos en Grado de Exposición, que fue consensuado con el ministro del Interior, Aníbal Fernández, y el ministro de Seguridad Bonaerense, León Arslanián. Mediante el decreto 2555 prorrogó además la emergencia policial y echó a 36 policías vinculados con la Dictadura.
Siguiendo el razonamiento de Solá, la desaparición de Jorge Julio López pudo perjudicar también a sectores militares agrupados bajo el reclamo de “la verdad completa”, que planeaban una nueva marcha para el 5 de octubre y que habían sido presa de varios montajes judiciales y mediáticos en los meses anteriores. ¿La desaparición de Luis Gerez buscaba perjudicar a Luis Patti? Los investigadores del caso lo sospechaban.
Desaparecido
En una entrevista publicada por Página 12 en su edición del 31 de enero, José Pablo Feinnmann reivindica la acción de los “perejiles” en las filas de las organizaciones de izquierda durante la década del 70. Dice Feinnman: “Los llamados “perejiles” eran militantes de superficie. Los que trabajaban en los barrios, en las villas, en las universidades (... ..) no sabían como manejar un arma ni como pasar a la clandestinidad. Eran los que apostaban antes a la política que a los fierros. Fueron perseguidos con una minuciosidad y una furia absolutas. Son la mayoría de los desaparecidos”.
En la jerga policial, el perejil es aquel que puede ser utilizado en trabajos sucios, como carnada y carece de entidad como criminal ¿Eran Jorge Julio López y Luis Gerez dos perejiles de la política, en el sentido utilizado por Feinmman?
Si las dictaduras latinoamericanas tuvieron en los 70 discursos y métodos de amedrentamiento similares, ¿puede trazarse un paralelo similar entre los discursos y las prácticas de coacción y coerción de las débiles democracias actuales?
¿Pudo Felipe Solá decir que Jorge Julio López era el primer desaparecido en democracia y que la sociedad no lo haya sancionado y –lo que es peor- hasta haya olvidado el hecho? ¿Se pueden extrapolar los actos y las prácticas de Hugo Chavez a los del gobierno de Néstor Kirchner, tal como sucedía en los tiempos de las dictaduras? ¿Los avances en materia económica logrados por la gestión de Néstor Kirchner pueden llevar la sociedad toda a no percibir como negativas prácticas que deterioran las instituciones republicanas? Apenas preguntas que carecen de sentido mientras Jorge Julio López no aparezca con vida. Y que los responsables materiales e intelectuales de su secuestro sean juzgados y encarcelados. La palabra desaparecido significa dolor. Un dolor que, como los delitos de lessa humanidad, no prescribe. Por eso, utilizada desde el poder puede convertirse en un arma demasiado peligrosa. Quizás, dentro de un gobierno tan amigo de las revisiones históricas y de los abrazos simbólicos con las Madres de Plaza de Mayo, debió obrar con más prudencia, porque siempre la muerte misma, va precedida de la palabra muerte. Y a nuestras democracias hay palabras que institucionalmente les conviene recordar, pero nunca volver a utilizar.
En una entrevista publicada por Página 12 en su edición del 31 de enero, José Pablo Feinnmann reivindica la acción de los “perejiles” en las filas de las organizaciones de izquierda durante la década del 70. Dice Feinnman: “Los llamados “perejiles” eran militantes de superficie. Los que trabajaban en los barrios, en las villas, en las universidades (... ..) no sabían como manejar un arma ni como pasar a la clandestinidad. Eran los que apostaban antes a la política que a los fierros. Fueron perseguidos con una minuciosidad y una furia absolutas. Son la mayoría de los desaparecidos”.
En la jerga policial, el perejil es aquel que puede ser utilizado en trabajos sucios, como carnada y carece de entidad como criminal ¿Eran Jorge Julio López y Luis Gerez dos perejiles de la política, en el sentido utilizado por Feinmman?
Si las dictaduras latinoamericanas tuvieron en los 70 discursos y métodos de amedrentamiento similares, ¿puede trazarse un paralelo similar entre los discursos y las prácticas de coacción y coerción de las débiles democracias actuales?
¿Pudo Felipe Solá decir que Jorge Julio López era el primer desaparecido en democracia y que la sociedad no lo haya sancionado y –lo que es peor- hasta haya olvidado el hecho? ¿Se pueden extrapolar los actos y las prácticas de Hugo Chavez a los del gobierno de Néstor Kirchner, tal como sucedía en los tiempos de las dictaduras? ¿Los avances en materia económica logrados por la gestión de Néstor Kirchner pueden llevar la sociedad toda a no percibir como negativas prácticas que deterioran las instituciones republicanas? Apenas preguntas que carecen de sentido mientras Jorge Julio López no aparezca con vida. Y que los responsables materiales e intelectuales de su secuestro sean juzgados y encarcelados. La palabra desaparecido significa dolor. Un dolor que, como los delitos de lessa humanidad, no prescribe. Por eso, utilizada desde el poder puede convertirse en un arma demasiado peligrosa. Quizás, dentro de un gobierno tan amigo de las revisiones históricas y de los abrazos simbólicos con las Madres de Plaza de Mayo, debió obrar con más prudencia, porque siempre la muerte misma, va precedida de la palabra muerte. Y a nuestras democracias hay palabras que institucionalmente les conviene recordar, pero nunca volver a utilizar.
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