Por entonces yo soñaba con jugar al fútbol. Jugaba solo con la pelota, mientras soñaba. Y relataba. En mi equipo jugaba con Kempes, con Bertoni, con Ardiles y con Maradona. Todos juntos. Por entonces había que esperar el domingo, para escuchar los relatos de Muñoz en la radio. La siesta y la radio que traían el fútbol y alegría de lejos. En Udaondo y Figueroa Alcorta jugaba el River de Labruna, que salía de memoria: Fillol, Saporiti, Pavón, Passarella y Héctor López... Escuchando siempre me preguntaba cómo sería la Casa Amarilla de al ladito de la Bombonera. O si la cancha de Central estaba realmente junto a un Arroyito. O por qué le dirían Calamar a Plantense. Un mundo de sueños de radio pegada a la oreja. Y esperar hasta el jueves para buscar El Gráfico a lo de Pepe Sastre o lo de Escuredo.
Claro que jugar al fútbol era otra cosa: cuatro ladrillos en el medio de la calle de tierra y sentir que uno siempre era el último al que elegían, entendiendo crudamente la realidad, casi sin remedio. O la resignación de ver los partidos al otro lado de la línea de cal cuando con Sportivo o con Agrario íbamos de viaje en el Mercedes naranja de Álvarez, quizás a Realicó, a Huinca y hasta lugares que parecían tan lejanos como Jovita o Del Campillo.
Digo que las tardes eran cuatro ladrillos en medio de la arena. Y el partido que se terminaba con un -“ a tomar la leche”-. Y el gordito que se llevaba la pelota bajo el brazo. Pero también el partido se interrumpía cuando pasaba el regador.
Todavía recuerdo ese olor a tierra mojada y el hombre pasando con el camión, lento, por el medio de los arcos, regando tanta arena, deseosa de que el cielo soltara alguna gota.
Otras veces la interrupción era más larga. Es que muchos se lanzaban a la aventura de cortar el chorro de agua que florecía del tanque. Tampoco tuve la habilidad para eso, que se convertía en una pequeña venganza, contra aquel que cortaba el juego.
Siempre guardo ese recuerdo del camión pasando impávido, como navegando, y nuestras caras de resignación e impaciencia. Y el pícaro que no esperaba que pasé y se llevaba la pelota por el otro lado del camión derechito al gol. Y por supuesto Julio Musse, mirando la escena por el espejo.
Lo imagino con una sonrisa cómplice. Mirándonos correr cómo el nunca pudo, detrás de sus anteojos de “hombre grande”. Pegando sus ojos en nosotros, como los hijos o los nietos que a su casa nunca llegaron.
Un día no sé si fue la infancia o el camión amarillo el que dejó de pasar. Y Julio dejó su lugar a otros, que continuaron regando la arena, en esa lucha desigual contra el tiempo y los caprichos del clima.
Era extraño verlo caminando a Julio. Él y el camión regador eran la misma cosa. Eran los que cortaban el partido, los que dejaban paso a la aventura de cortar el chorro. Ahora caminaba con las marcas de la polio, arrastrando su pierna por la misma arena. Saludando alegre, con no más de dos palabras.
Se fue un día. Seguramente se llevó en sus retinas el disfrute de los niños que crecimos corriendo tras la flor de agua que rociaba con su paso. Ahora creo que él, en ese momento, corría con nosotros. Y hasta se jugaba un ratito, aunque sea al arco, en el partido que en su infancia jamás pudo jugar..
Hoy, cuando siento que ya no seré futbolista, ni astronauta, ni tampoco carpintero, creo que todos un día volveremos niños a jugar a las calles del pueblo. Por eso, si lo veo a Julio, le dejo mi lugar, para que juegue de pesquero. Y sino me quedo esperando, por ahí el camión da vuelta en la esquina y pasa lento, como regando mis sueños.
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