Y cuando venga el próximo aumento de colectivos me imaginé pagando el pasaje con una concha de mar. Me dije que bien podría ser una opción para amainar la misión imposible de conseguir monedas.
Es evidente que la falta de monedas no es un problema para los que especulan en la bolsa o ganan millones de dólares con las prebendas gubernamentales. Sí lo es para los que realmente vamos a sufrir la crisis global originada en la supuesta falta de confianza de quienes manejan las finanzas internacionales. Entonces, ante la imposibilidad de conseguir un medio de pago: bienvenida sea la concha de un collar.
El uso de conchas de mar tuvo realmente su espacio como medio de pago a lo largo de la historia de muchos pueblos de Asia y África. Un ejemplo son los cauris, moluscos que sólo pueden encontrarse en las islas Maldivas. Y fue ahí donde se las comenzó a usar como medio de pago. El Sultán, jefe supremo de las islas de arena blanca, poseía entonces el monopolio de las conchas. Y con ellas redistribuía el arroz, los tejidos, la sal y otros elementos de primera necesidad a la población. Quizás la señora Kristina pudiera conseguir en algún libro de historia económica de las lejanas islas alguna pista acerca de cómo realizar su tan mentada redistribución.
Cypraea moneta, es el nombre científico del cauri. Si analizamos el nombre caemos en la cuenta de que hasta quienes ostentaron el monopolio de nombrar científicamente las especies naturales estaban a favor de un estado de cosas. Simplemente las bautizaron monedas. Como si la concha tuviera propiedades intrínsecamente monetarias. (Para no confundir los tantos aconsejo no leer esta frase con otros sentidos. Gracias). También, y buscándole la decimotercera pata al gato, podríamos decir que bien pudieron bautizarla Cipaya Moneta. Y entonces su uso se hubiese extendido también por toda Latinoamérica.
Claro que ya entre los siglos XVI y XIX, fueron muchos los de las clases dirigentes de Europa y América que se beneficiaron con el uso de la Cypraea moneta. Es que, con el tiempo el uso se extendió. Y los barcos piratas y traficantes de esclavos la usaban como lastre de los barcos y como medio de pago de los esclavos. Es decir, las personas de aquella parte del planeta valían algunas Cypraeas monetas. Espejitos de colores en una costa, conchas en otras.
El cauri era el medio de pago de los pobres de Africa. Pero para que esto pudiese suceder era necesaria una creencia que sostuviese la situación en el tiempo. Entonces se creía que estas pequeñas conchas estaban dotadas de poderes mágicos. Todavía hoy se piensa que favorecen la fertilidad y la longevidad. Las mujeres llevan coronas de cauris el día de su matrimonio como antídoto contra la esterilidad. Y hasta se colocaban en las tumbas como objetos que permitían la resurrección de las almas.
Del fetichismo del dinero y la mercancía ya habló largamente don Carlos Marx, personaje otrora denostado y ahora leído hasta por neoliberales. Es que, ante la supuesta tamaña crisis internacional, se hace necesario releer a quién mejor describió algunas de las características principales del capitalismo. El fetichismo de los cauris producía en los pueblos africanos de los siglos pasados creencias similares a las que tienen nuestras sociedades actuales respecto del papel moneda o del dinero electrónico. Creemos que podemos comprarlo todo. Hasta un gran freezer que nos haga permanecer intactos hasta el día en que encontremos un antídoto contra la muerte.
Pero en ese dinero va la muerte. Y la vida. Porque creemos. Y entonces cuando los santos patronos del capitalismo nos alivian con noticias de que salvarán con miles de millones de dólares a bancos, automotrices y compañías financieras, no sabemos por qué pero respiramos como aliviados. Y esos millones son simplemente papel con sellos de agua. Quizás de la misma agua de la que se alimentaban los cauris.
Todo pasa por creer. Y mientras millones crean no habrá problemas mayores para que los santos patronos de Wall Street se sigan perpetuando en su espacios inoloros, incoloros e insípidos a través de la sagrada ceremonia de la elección de los gobernantes.
Con la crisis internacional, conocimos los listados de los paraísos fiscales, que según los discursos serán atacados para que no se produzcan más fallas en el sistema capitalista. Y en ese listado aparecen las Islas Maldivas, allí donde tienen su origen los cauris. Esas mismas islas que la semana pasada fueron ponderadas, no por sus playas, sino por lo fácil que resulta pagar impuestos. Todo debe ser a causa de los cauris. Y hasta estoy seguro que Raúl Moneta tiene varias cuentas de Cypraea moneta en algún banco de por allá.
Pero aquí abajo, abajo, estamos los que no conseguimos monedas para pagar el bondi. Los que ni siquiera tienen una moneda para comprar un cacho de pan. Los mendigos que vieron menguadas sus pequeñas entradas porque la moneda en sí ya vale mucho más que su valor de cambio. Los chicos que se mueren de hambre y de sed porque a los santos patronos del capitalismo ni siquiera les avisaron que existen. Entonces nos subimos al colectivo de nuestra historia. Y el fercho nos dice que la máquina no tiene papel ¿Papel para qué?, me pregunto. Nos sentamos en un asiento derruido, disfrutando del calor de enero. Y pensando si realmente las conchas no nos harían más fácil la vida...
miércoles 7 de enero de 2009
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