lunes 5 de octubre de 2009

Silencio, en domingo

Ahí está otra vez. Inexorable. En domingo. Nunca descansa. Y se ha llevado su voz. Silencio de domingo. Imagino otros silencios. Más lejanos. Quizás el de Amaicha. O el silencio del guitarrero viejo, que escucha el silencio de la mañana mientras resuenan en su cabeza las últimas notas. Los últimos tragos. Trago de domingo. Amargo. Ojos cerrados.
Hace algún tiempo. Quizás un año. Escuché dos veces, en el mismo recital, un tema. Era el primer ND de Bruno Arias. Estaba nervioso, Bruno. Vino a traerme las entradas a casa. “Pasaré, por Hualfín, me voy a Corral Quemao…” Su voz encendió la noche. La señora, cumplió la promesa. Y subió al escenario con él. Y cantó. Fue un aplauso largo. De esos de los bises, pero en el cuarto tema. O quinto, quizás. Pero todos aplaudimos. Mucho. Como si quisiéramos devolverle algo de lo tanto recibido. No esa noche. Sino tantas. Tantas. “Gracias, Mercedes”, gritó Bruno. La señora quizás lo escuchó desde la calle. Nosotros seguimos aplaudiendo aquella aparición fugaz y emocionante.
Domingo. Temprano. Los diarios dicen que los rezos no alcanzaron. Cómo se resquebrajan los 80 en este 2009, pienso. Pronto ya nadie recordará que un día fuimos jóvenes y que tuvimos una ingenua felicidad.
Quizás se fue de serenata y un día regrese, pero hasta tanto vuelva, el adolescente que fui se quedó sin maestra. Se quedó sin esa persona que le decía en cada disco que había otras voces. Otras miradas. Otros sufrimientos. Es que ella tenía la capacidad de enseñarnos, a la distancia. De unir un poco este país tan lejano. Estos tantos países. Y ponerlos todos en su voz.
Recuerdo que un día el gran Ricardo Jungghans me contó que estuvo en aquel Opera del 82. Y que recibió los palos. Ricardo ya no trabaja en el Canal 13 que la recuerda todo el domingo. Me habló de esos palos de la cana casi como una bendición. Parecía verse la luz al final del túnel. La señora había regresado con su luz y su voz. La luz era la democracia. La misma democracia a la que aspiró Ricardo años después y fue corrido a patadas de su lugar de trabajo. La luz de su voz nos inculcaba colectivamente un deseo de justicia de centurias.
Fue esa luz y esa voz la que me hizo conocer el rock. Porque, no se si les conté, que tierra adentro, a principio de los 80, no escuchábamos rock. A mí, que conocí en el ochenta y pico en un TDK grabado, en su voz me llegaron Charly y Spinetta. Y Gieco. Y Silvio. Y Heredia. Y Víctor. Y Piero. Gracias.
Y mientras vuelvo de aquellos 17 recuerdo que, por ella, tengo un disco inmenso de Chito Zeballos, que encontré un día en un rincón de la calle Corrientes. Pero también, sin saberlo, por ella conocí al Cuchi Leguizamón, a Jaime Dávalos, Hamlet Lima Quintana. Y a Tejada Gómez. Gracias. La Distancia.
Siempre pensé que cuando muere alguien que nos conoce nosotros morimos un poco. El que se va se lleva, para siempre, recuerdos y miradas únicas de lo que somos. Me pregunto qué se lleva ese alguien que, desde su lugar y, casi sin quererlo, nos acompañó en tantos momentos. Nada se lleva. Simplemente nos deja. Nos deja. Aunque su voz siga iluminando mañanas. Y nosotros nos quedamos con su recuerdo. Pero con algo más importante: la necesidad de cargar sus sueños. Sólo espero de ser digno de llevar un pedacito.
Amo esa Chile que ella cantó. Y también el Brasil. Amo la Venezuela de su voz. Y la Nicaragua. Y el asfalto. Y la tierra. Y la selva y el mar. Y donde termina el asfalto, Pablo. Luna llena. Casi tucumana, la despidió.
Aquella noche, del recital en el ND, hubo otra versión de la Zamba de los Mineros. Bruno no anunció que subía Franco Luciani. No hizo falta. La armónica sonó. Y todos dolimos la noche eterna de las minas. Todos nos sangramos en el vino de la letra de Dávalos. La señora no pudo escuchar la versión. Seguramente ya descansaba en su cama. Su salud ya no le permitía moverse demasiado. No importó. A la distancia, su manta imaginaria cubría a todos esos músicos nuevitos, que apenas pasan los 20 o los 30. Y nos cubrió a nosotros volviendo a escuchar. Es que, además de su talento, podía percibirse en cada uno de sus gestos, la generosidad. Como la que tuvo conmigo, de enseñarme a distancia. De mostrarme este país, en su voz eterna. Inigualable. Aplaudo. Me duelen las manos. Se me anuda la garganta. Silencio, en domingo.