Aunque parezca raro, cada vez más extraño encontrarse con alguien diferente en estas ciudades atomizadas. Los ricos no viajan en tren, ni van a la plaza. Tienen sus autos último modelo y sus countries. Los pobres ya no viajan en tren ni van a las plazas salvo cuando los llevan los punteros políticos. Entonces en los trenes y en las plazas me encuentro más o menos siempre con la misma gente.
Hay quizás algunos lugares comunes. Los hospitales, por ejemplo. O las clínicas privadas, del otro lado. Pero poco a poco hemos ido perdiendo esa capacidad de encontrarnos con las diferencias del otro. Y somos por ahí incapaces de ser el otro. De saber que en nuestra alteridad y nuestras diferencias germina la vida.
Y en tren de diferenciar costumbres, accesos e injusticias, debo decir que no me gustan los shoppings (Cuando escribo shopping, el corrector automático lo pone con mayúsculas como si fuera un Dios ¿?) Desde hace años noto que esos lugares me ponen del peor humor, aunque tenga la suerte de poder lograr la ansiada paz del segundo post consumo. Esos pensamientos me llevaron a concluir en que, si un día decidiera dejar anticipadamente esta vida, me encerraría unas cuantas horas en un gran centro comercial. Eso me llevaría inexorablemente al suicidio.
También me ponen de mal humor los supermercados. Aunque si hay que elegir prefiero los chinos. Por dos razones: el vino casi siempre es más barato y la diversidad de recién llegados me hace pensar que ahí, dentro de esos lugares, se está gestando el argentino del mañana. Paraguayos hablando guaraní, pero a los gritos, porque imitan a sus patrones chinos. Gritan los paraguayos, tantas veces sometidos por los malos olores de argentinos y brasileños. Gritan y me da risa. Por eso muchas veces voy. Y voy porque sueño con que la chica boliviana de la verdulería un día grite de alegría, aunque siga hablando bajita y soportando a las señoras copetudas que se quejan por una manzana machucada. Me da la sensación de asistir a escenas del Adan Buenosaires versión 2009
Y otras veces, como hoy, domingo en que no había nada en la heladera, decido bancarme (el corrector sugiere mancarme) un rato las colas de un super más grande para abultar las ganancias del señor Carlitos Carrefour que nos garca indirectamente la vida a todos. (Carrefour y Wal Mart, juntos, facturan en el mundo más que el PBI de la Argentina).
Entonces compro algo de carne, un poco de vino, que está en oferta (mentirosa), algunas latas y no mucho más. Son casi las nueve de la noche y en cada caja hay por lo menos siete personas esperando. (Automáticamente sacamos la billetera para pagar). Pienso en los porqués del automatismo, meto las manos en el bolsillo y me pongo detrás de un señor cincuentón con dos o tres cositas. Adelante hay una señora con un canasto un poco más lleno, pero en general, los siete canastos no tienen demasiadas cosas, con lo que calculo que en diez minutos estaré fuera.
La señora es rubia, tiene cerca de sesenta. Y mira hacia atrás como nerviosa. Está junto a una nena de unos ocho o diez. Espera. Pero su espera es distinta. Vuelve a mirar para atrás. Peinado de peluquería, pero con el pelo atado, para disimular los estragos de la humedad en su pelo de cortes semanales.
Vuelve a mirar mientras la fila avanza, rápido. Sólo le queda una sola persona adelante. Y a mí cuatro. Todos avanzamos. La señora vuelve a mirar, yo me distraigo mirando hacia otras cajas.
De repente, cuando me doy vuelta aparece una chica de .entre treinta y cuarenta. Su carro está atestado de cosas. Típico chango lleno de fin de semana de supermercadistas compulsivos de ciudad. Y, para mi sorpresa, la se pone delante del señor de los vinos. Y delante de mío.
El señor murmura alguna protesta por lo bajo y decide cambiarse de caja, aunque el cambio lo haga empezar el tedio nuevamente. Ahí está entonces la impunidad de poco más de treinta, vestida de jeans, maquillada y con pelo recién teñido, ostentando su chango lleno. Metiéndose delante de mis ganas de salir corriendo. Mis ganas de golpearle poco amablemente el orto de una patada.
Pero, -aprendiendo de Gastón Pauls- soy un ser urbano y decido decirle, entre otras cosas que ella debería hacer la cola, que todos estábamos esperando y que su lugar no le corresponde.
Con giros y modos inconfundibles pertenecientes al más selecto Belgrano (Pobre Belgrano, que lo recuerden poniéndole su apellido al lugar donde vive mucha gente que él hubiera detestado. La misma que lo condenó al ostracismo y la pobreza), me dispara: -Vos no vas a venir a joderme un domingo, así que si querés pasar pasá. Pero fijate que mi mamá estuvo haciendo la cola. Acaso nunca te hicieron una cola en un banco.
Contesto con un no, lacónico. No me parece oportuno explicarle que en los únicos momentos que suelo hacer cola en un banco es para buscar monedas.
- Igual, no estarás tan limpito, me dice.
Hay quizás algunos lugares comunes. Los hospitales, por ejemplo. O las clínicas privadas, del otro lado. Pero poco a poco hemos ido perdiendo esa capacidad de encontrarnos con las diferencias del otro. Y somos por ahí incapaces de ser el otro. De saber que en nuestra alteridad y nuestras diferencias germina la vida.
Y en tren de diferenciar costumbres, accesos e injusticias, debo decir que no me gustan los shoppings (Cuando escribo shopping, el corrector automático lo pone con mayúsculas como si fuera un Dios ¿?) Desde hace años noto que esos lugares me ponen del peor humor, aunque tenga la suerte de poder lograr la ansiada paz del segundo post consumo. Esos pensamientos me llevaron a concluir en que, si un día decidiera dejar anticipadamente esta vida, me encerraría unas cuantas horas en un gran centro comercial. Eso me llevaría inexorablemente al suicidio.
También me ponen de mal humor los supermercados. Aunque si hay que elegir prefiero los chinos. Por dos razones: el vino casi siempre es más barato y la diversidad de recién llegados me hace pensar que ahí, dentro de esos lugares, se está gestando el argentino del mañana. Paraguayos hablando guaraní, pero a los gritos, porque imitan a sus patrones chinos. Gritan los paraguayos, tantas veces sometidos por los malos olores de argentinos y brasileños. Gritan y me da risa. Por eso muchas veces voy. Y voy porque sueño con que la chica boliviana de la verdulería un día grite de alegría, aunque siga hablando bajita y soportando a las señoras copetudas que se quejan por una manzana machucada. Me da la sensación de asistir a escenas del Adan Buenosaires versión 2009
Y otras veces, como hoy, domingo en que no había nada en la heladera, decido bancarme (el corrector sugiere mancarme) un rato las colas de un super más grande para abultar las ganancias del señor Carlitos Carrefour que nos garca indirectamente la vida a todos. (Carrefour y Wal Mart, juntos, facturan en el mundo más que el PBI de la Argentina).
Entonces compro algo de carne, un poco de vino, que está en oferta (mentirosa), algunas latas y no mucho más. Son casi las nueve de la noche y en cada caja hay por lo menos siete personas esperando. (Automáticamente sacamos la billetera para pagar). Pienso en los porqués del automatismo, meto las manos en el bolsillo y me pongo detrás de un señor cincuentón con dos o tres cositas. Adelante hay una señora con un canasto un poco más lleno, pero en general, los siete canastos no tienen demasiadas cosas, con lo que calculo que en diez minutos estaré fuera.
La señora es rubia, tiene cerca de sesenta. Y mira hacia atrás como nerviosa. Está junto a una nena de unos ocho o diez. Espera. Pero su espera es distinta. Vuelve a mirar para atrás. Peinado de peluquería, pero con el pelo atado, para disimular los estragos de la humedad en su pelo de cortes semanales.
Vuelve a mirar mientras la fila avanza, rápido. Sólo le queda una sola persona adelante. Y a mí cuatro. Todos avanzamos. La señora vuelve a mirar, yo me distraigo mirando hacia otras cajas.
De repente, cuando me doy vuelta aparece una chica de .entre treinta y cuarenta. Su carro está atestado de cosas. Típico chango lleno de fin de semana de supermercadistas compulsivos de ciudad. Y, para mi sorpresa, la se pone delante del señor de los vinos. Y delante de mío.
El señor murmura alguna protesta por lo bajo y decide cambiarse de caja, aunque el cambio lo haga empezar el tedio nuevamente. Ahí está entonces la impunidad de poco más de treinta, vestida de jeans, maquillada y con pelo recién teñido, ostentando su chango lleno. Metiéndose delante de mis ganas de salir corriendo. Mis ganas de golpearle poco amablemente el orto de una patada.
Pero, -aprendiendo de Gastón Pauls- soy un ser urbano y decido decirle, entre otras cosas que ella debería hacer la cola, que todos estábamos esperando y que su lugar no le corresponde.
Con giros y modos inconfundibles pertenecientes al más selecto Belgrano (Pobre Belgrano, que lo recuerden poniéndole su apellido al lugar donde vive mucha gente que él hubiera detestado. La misma que lo condenó al ostracismo y la pobreza), me dispara: -Vos no vas a venir a joderme un domingo, así que si querés pasar pasá. Pero fijate que mi mamá estuvo haciendo la cola. Acaso nunca te hicieron una cola en un banco.
Contesto con un no, lacónico. No me parece oportuno explicarle que en los únicos momentos que suelo hacer cola en un banco es para buscar monedas.
- Igual, no estarás tan limpito, me dice.
Y continúa: -Porque no me importa lo que piensen, ni vos, ni vos, ni vos, ni vos, dice señalando a la gente que está detrás y que ha comenzado a decirle algunas cosas también.
Conservo mi tranquilidad y le digo que ni lo que hace ni lo que dice me parece un buen ejemplo para su hija. Y que si así resolvemos estas cosas es imposible solucionar los problemas que tenemos en el país.
Sacada me contesta:
- ¡Sabés que pasa, que seguro vos sos de los que votaron a los Kirchner, esto es culpa de todos ustedes!, dice señalando otra vez alrededor.
Me parece que no tiene más caso prolongar mi discusión. Me guardo la ira en un costadito del silencio y me quedo observándola fijamente.
Murmura: -“porque, para vino tienen. Para eso seguro que tienen. Y también para porros.”
- Me parece que estás equivocada –le digo-. Mi tiempo vale tanto a más que el tuyo…
- Vos, andá a fumar, me dice.
Su cuenta suma 403 pesos.
- Por esta semana no me pidan nada más, les dice a su madre y a su hija.
Y se va, llevándose su chango lleno. Yo me quedo triste. Lleno de bronca. Incrédulo. Pensando que no tenemos remedio. Que estaremos condenados por siempre. No tengo esperanzas. Es domingo a la noche.
- Te admiro la entereza, me consuela una señora.
Cuando salgo, están aún abuela y la nieta en la calle. Sigo enojado. Decido felicitar a la señora, por el ejemplo que acaban de darle a su nieta.
- Vos andá, fumá, drogadicto, me dice.
Me voy en silencio. Pienso que debería afeitarme o vestirme mejor. Me da bronca la mentira, la agresión gratuita. Después me prometo no ir más a un supermercado. Lugar común. No apto para alteridades.
Conservo mi tranquilidad y le digo que ni lo que hace ni lo que dice me parece un buen ejemplo para su hija. Y que si así resolvemos estas cosas es imposible solucionar los problemas que tenemos en el país.
Sacada me contesta:
- ¡Sabés que pasa, que seguro vos sos de los que votaron a los Kirchner, esto es culpa de todos ustedes!, dice señalando otra vez alrededor.
Me parece que no tiene más caso prolongar mi discusión. Me guardo la ira en un costadito del silencio y me quedo observándola fijamente.
Murmura: -“porque, para vino tienen. Para eso seguro que tienen. Y también para porros.”
- Me parece que estás equivocada –le digo-. Mi tiempo vale tanto a más que el tuyo…
- Vos, andá a fumar, me dice.
Su cuenta suma 403 pesos.
- Por esta semana no me pidan nada más, les dice a su madre y a su hija.
Y se va, llevándose su chango lleno. Yo me quedo triste. Lleno de bronca. Incrédulo. Pensando que no tenemos remedio. Que estaremos condenados por siempre. No tengo esperanzas. Es domingo a la noche.
- Te admiro la entereza, me consuela una señora.
Cuando salgo, están aún abuela y la nieta en la calle. Sigo enojado. Decido felicitar a la señora, por el ejemplo que acaban de darle a su nieta.
- Vos andá, fumá, drogadicto, me dice.
Me voy en silencio. Pienso que debería afeitarme o vestirme mejor. Me da bronca la mentira, la agresión gratuita. Después me prometo no ir más a un supermercado. Lugar común. No apto para alteridades.
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