sábado 30 de octubre de 2010

Estacion San Martin


¿Sabés qué? Mientras leía los carteles, todos en fibra, con letras garabateadas, me acordé de San Martín. De la estación San Martín. De la peatonal esa donde íbamos una vez por año cuando éramos chicos. Y seguro me acordé de la otra plaza: La de 2001. Cómo olvidarme si llegué y empezaron las balas y los gases . No había vuelto desde entonces. Hoy hay vallas. Y sobre esas vallas que usurparon la mitad de la plaza estaban los  carteles. Sabés, no fui a la plaza hoy, ni el jueves. Fui el miércoles de tristeza. Porque había que ir. Agradecer. Meter silencios. Compartir miradas tristes, como la mía que se subió al subte lleno de un ruido sin voces. No hubo voces en Buenos Aires, por tres días.
En realidad eran voces calladas, que escribían carteles que pegaban en el piso, alrededor de la pirámide. De a poco hubo una gran nube blanca de mensajes. Y alguien diciendo: “un aplauso para esta señora que donó un cuaderno nuevito para poder seguir escribiendo”. Y el aplauso. Y las lágrimas. Calladas
Quiero decir que fui el miércoles porque ando cobardón para los dolores, a esta altura. ¿Vos te das cuenta de todo ese dolor junto? Miles y miles. Ese día había cuatro cuadras de cola solo para dejar una flor sobre las rejas ¿te das cuenta? Tres cuadras para poner una flor sobre las rejass
Y entonces leía los mensajes: “Gracias por darme una jubilación digna. Fuerza Cristina, las mujeres tenemos el valor de poder seguir. Te lo dice una jubilada de 80 años”. No sé por qué me acordé de la jubilación de la abuela en el 2001. ¿Vos te acordás?
Después me fui por Florida, caminando ese silencio. Sólo se escuchaban los turistas. En aquel 2001 no había turistas en Buenos Aires. No venía ni el loro. Y todas las persianas estaban bajas. Yo me acuerdo. Me acuerdo de Corrientes desierta una noche de invierno. Te juro que no me voy a olvidar, porque vivía a una cuadra. Ahora los turistas están. ¿Y sabés por qué vienen?
Había un cartelito de cartón colgado de las rejas. Con forma de barco, el cartelito. Decía “Gracias Néstor por devolvernos la dignidad. Marina Mercante Argentina”. Pero por sobre todo había mensajes de familias. Familias enteras diciendo gracias por el trabajo, por la casa por la posibilidad de poder estudiar. Y eran de Merlo, de Morón, de Berazategui.
Ya sé que a vos te suenan < lugares lejanos. Pero eso es Argentina, también. Familias argentinas, agradeciendo. ¿Te acordás de la nuestra en el 2001? Yo me acuerdo. Fundidos y vos ganando un sueldo mísero de maestra. ¿Y te acordás que te subieron la edad para jubilarte, entonces? No quiero hablar de mí porque me aterra. Pienso para atrás y la única manera de explicar de qué manera pasé el 2002 es por tener amigos increíbles. Y paciencia. Y fuerza de voluntad. Y ustedes. Siempre.
¿Sabés? Esta mañana escuché en la radio a unos pibes que habían venido de Entre Ríos. Quizás nunca te conté el dolor de Concordia en el 99 de Menem. El dolor de ver tanta gente indefensa con el río en las casas hechas con la corteza de los pinos. Y los hijos de puta que se tenían que hacer cargo de ese sufrimiento, mirando para otro lado. Yo me acuerdo de esa pobreza y me duele. Ya sé que me vas a decir que sigue habiendo pobres. ¿Pero sabés qué?, con la Asignación Universal y los Comedores, los pibes esos están yendo a la escuela y comen.
¿Te conté lo que era el invierno del 99 en Córdoba? Yo hacía las notas del 30 por ciento. Así las llamaba. La cosa era así: hoy llamaba a los libreros, mañana a los kioskeros, pasado a los vendedores de autos. Todos vendían un 30 por ciento menos. Y cuando salía del diario, me iba a dar clases a los pibes. Y ellos me decían ¿Antes de empezar, no me conseguís algo para comer?
Pero me fui al carajo. Yo quería hablarte de la plaza. Y del silencio que había hoy en el tren. Creo que ya puse silencio. Un silencio que aturdía. Todos leyendo el diario con el cajón en la tapa. Ese mismo diario que tantas veces le pegó sin sentido, al menos en la tapa, tenía algunas palabras respetuosas.
Yo no te voy a decir, como decía el hombre, que el diario mentía. Pero… ¿Te acordás cuando trabajaban en puesto de revistas? A las 5 llegaba, La Voz. Y había que armarlo. Y después los diarios de Buenos Aires. A eso de las 7 tenías un guante de tinta en las manos. Cuando me tocó trabajar en el diario que el hombre decía que mentía me dieron para escribir una nota emotiva. Me tenían fe los editores para eso. Era sobre la entrega de un reconocimiento a los canillitas que habían repartido el primer Clarín. ¿Y sabés qué? Me imaginé a todos esos viejitos con las manos entintadas, aún esa mañana. Y lo escribí. Ese día vi a Magnetto. Ah, la parte de las manos entintadas, la editora lo voló. Me dijo que, por política editorial, no podía poner eso, porque desde hacía años el diario utilizaba una tinta que no manchaba.
Voy a tratar de cerrar lo del tren. Las nubes se ponían negras. Y era la hora en que ya lo iban a despedir de Buenos Aires. Y entonces Buenos Aires lo empezó a llover. Como llovió a Perón o a Irigoyen. Yo me acuerdo de otras lluvias tristes en el pueblo. Llovía y el hombre se iba. Dejaba atrás ese salón con la foto del Che. Ya sé que vos me vas a decir que el Ché era no sé que cosa. Porque quizás siempre tuviste miedo de entenderlo. Y sabés qué, el hombre hizo  colgar ese cuadro y descolgar otros. Y eso, en este país, no te lo perdonan. Como no se lo perdonaron los padres de las dos conchetitas que “no festejaron su muerte”, pero no entendían por qué había ido esa gente a la plaza. “Yo no los entiendo”, decían. A pero ¿sabés qué?, de todas maneras, lo llamaban Néstor.
Llovía en la mañana en el tren y llueve ahora que escribo. Y me imagino las lágrimas de tinta de cada hoja de la plaza. Lágrimas de tinta de cada deseo. Y para tratar de olvidarme prendo la tele. Entonces aparece un pibe y dice llorando: “…sabés qué, yo lo quería a Néstor como  a un padre. Porque nosotros somos hijos del 2001 y para m, Néstor era un padre. Porque ahora tengo laburo y no tengo que andar con la ropa y las zapatillas rotas”. Y yo me largué a llorar con, él. Llorar era lo que no quería, por eso fui el miércoles y no después a la Plaza. Ese pibe representa a miles, de Moreno, de Quilmes, de San Martín.
Yo pensaba en San Martin, en la plaza. Me acordaba de una noche en que, por esas cosas de la vida, me quedé varado en esa estación allá por el 2000. Si en San Martín. Sólo de noche, veintipico años después. Y peor que volver a los lugares donde fuiste feliz, es volver a los lugares donde fuiste feliz y encontrarlos destruidos. Las persianas bajas. Las calles oscuras. Y los carteles: “Liquidación por cierre”. “Vendo”. “Alquilo”. “Cierre definitivo”. Y los pibes tomando en la vereda. ¿Y sabés qué? No te digo que hoy la estación de San Martín está hermosa y que todo está como cuando veníamos de chico. No. Capaz que no. El mundo sigue cambiando. Pero muchos de los pibes que tomaban en la vereda sin saber qué hacer ahora trabajan.
Y vos me venis a pedir que no use la cabeza. Que use el corazón. Es lo que trato hacer. Siento que es el momento de empezar a usar la cabeza y la manos, de corazón. De meter las patas en el barro. Porque este no será el país ideal. Pero es el que elegí. Y ahora que se murió el tipo al que se le dio por hacer lo que muchos pensábamos pero que nadie hacía, a mí me da por sentir que tengo que hacer mucho en su honor. No sé cómo. Tal vez no pueda empezar mañana. Pero no me pidas que no empiece un día. Porque ese tipo, quieras o no reconocerlo, le puso el pecho a la vida. Entonces, cuando vengan esos, que se mancharon las manos pero no con tinta, a querer decirme que este país con el que sueño no es posible, yo haré con las manos, con la cabeza y con el corazón, todo para honrar su memoria. Desde mi vida.

1 comentarios:

Mariano dijo...

Muy sentido post.
Lindo.
Abrazo grande!