En el mismo momento en que las economías del mundo “desarrollado” parecen caerse a pedazos, dos de las más grandes organizaciones de shows deportivos del mundo -la Liga Española de Fútbol y la NBA- corren riesgo de no iniciar sus temporadas. Entonces pienso en dos camioneros. Uno, rubio gordo y de bigotes que estaciona en una ventosa estación de servicio a un costado de la mítica ruta 66 para ver un partido de los Lakers de Los Angeles. Otro que escucha su radio mientras cruza con su camión los Pirineos.
Todd Gitlin comienza su libro, Enfermos de Información, contando la historia de un camionero y un agente de aduanas. El camionero pasa semanalmente por la frontera y el agente sospecha que lleva mercaderías de contrabando. La escena se repite por años y si bien el agente se esfuerza por encontrar algo fuera de la ley, no lo consigue. Una semana antes de jubilarse, el agente se da por vencido y le pide al camionero que le cuente realmente qué es lo que trafica. El camionero le contesta: camiones.
Muchas veces las razones y las verdades están a la vista y no somos capaces de verlas. Los camioneros españoles y norteamericanos quizás no tengan noción de los por qué las estrellas del fútbol y del básquet ganan sumas tan grandes de dinero que no les alcanzarían sus potentes camiones para trasladarlas en billetes.
Claro que hubo un tiempo en que el mundo capitalista fue más justo. Los salarios de los deportistas comenzaron a elevarse a niveles exorbitantes en el mismo momento de la puesta en marcha del consenso de Washington. Hace un tiempo entró a la redacción el gran Mario Kempes y muchos productores le decían en voz alta para halagarlo: “Mario hoy cuanto valdrías 200 millones de dólares”. En los tiempos en que el hombre todavía jugaba, Ronald Reagan y Margareth Tatcher gobernaban el mundo. Y comenzaban la aplicación de sus modelos de baja de impuestos para los ricos, reducción de salarios para los pobres y el achicamiento de los Estados.
Pero esos estados neoliberales que hoy se caen en pedazos necesitaban de seres que les garantizaran que el pueblo no iba a salir a lincharlos de la noche a la mañana por medidas tan impopulares. Entonces la popularidad pasó a los futbolistas, basquetbolistas y fetichistas de toda laya.
Mi pregunta es por qué el sistema garantiza aún hoy salarios tan altos a seres que en sí mismos no producen algo tangible. La respuesta está en la pregunta: producen hechos cercanos a la magia. Y con la ayuda de la televisión hacen que nosotros -millones- miremos en los lugares equivocados. Como el agente de aduanas vemos pasar al camión. Aplaudimos a los tipos que se quedan con parte de lo que nosotros producimos. Es de nuestros bolsillos, de nuestros sistemas injustos, de nuestros hospitales abandonados de donde salen esos millones.
Ezequiel Fernández Moor cuenta en su columna del lunes que Río Ferdinand y Wayne Rooney les pedían a los jóvenes londinenses que pararan de destruir los barrios a través de Twitter. Todo desde sus mansiones de 8 millones de dólares.
Sinceramente a veces me emociona ver la figura de Carlitos Tévez sobre los muros de Fuerte Apache. Quizás los pibes del barrio deberían saber que el muchacho no los representa. A veces, el camión que no pueden ver es que el sistema permitió el triunfo de uno para la opresión de los otros. Y que la causa de su orgullo debería ser la de su indignación.
Quizás el look out patronal de los popes de la NBA sea un simple reacomodamiento de piezas ante la crisis y una forma de renegociar cómo se reparte la torta con los fetichistas de la pelota. Quizás la situación sea parecida en la Liga Española. De todas maneras, esos mismos popes saben íntimamente que necesitan arreglar, para mantener sus ocultos poderes. Para que los camioneros no se den cuenta que el partido que están mirando es una de las causas principales de la licuación de sus salarios. O para que nosotros, las mayorías, nos mantengamos lejos de la indignación, mientras pasan delante nuestro grandes camiones que no sabemos a dónde van ni qué llevan. Quizás también, y esta es la razón de la columna, algo se esté resquebrajando el aparato de propaganda neoliberal.
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